Enemigos en las aulas

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Enemigos en las aulas, en la calle, en el parque, en el gimnasio… Allá donde vayamos nos encontramos con algún caso de acoso, o bullying.

Sabemos que es el bullying, es acoso escolar, ya sea verbal, físico o psicológico.

Tan habitual como molesto para aquellos que a pesar de criticar de una manera casi silenciosa a los que permiten éste tipo de acoso, no hacen nada para solucionarlo, o para evitarlo, o sencillamente, algo para dar apoyo a los que lo sufren. Resulta curioso ver a madres y padres saliendo de la escuela con sus hijos e hijas, y ver que algun grupo de menores que ataca deliberadamente a alguien que camina solo, despacio, mirando el suelo o un horizonte que parece no llegar nunca a un lugar seguro, a un lugar donde el miedo, la vergüenza y el dolor sean derrotados, tal vez por una sonrisa, tal vez por un abrazo. Esa soledad, contrasta con la compañía que recibe el grupo de agresores que atacan a la víctima, porque siempre van en grupo para consolarse y darse la valentía necesaria para ser juez y verdugo de aquel que a veces parece diferente. Pero ¿quién quiere abrazar al que los demás desprecian? Al parecer nadie o casi nadie, porque ese miedo a acercarse demasiado a las personas que ejercen el papel de presas, y ponerse a vista de los que ejercen el papel de depredadores, alejan a los que podrían ser las amistades, los compañeros o las compañeras que mitigaran el sufrimiento, o tal vez hicieran fuerte al acosado.

Por otra parte tenemos a los primeros que pueden hacer algo, los profesores, que unas veces no ven, y otras no saben ver. Cuantas veces se topan los padres con la respuesta mágica “son cosas de niños”, y es que no es fácil ser maestros y guardaespaldas.

Al final, es más soledad, más dolor, y más tristeza… Un horizonte más largo aún, y la vergüenza al volver a casa, esa vergüenza que impide a las víctimas hablar, confesar que les ocurre, que sienten y como lo viven. Al sencillo y titanico hecho de pedir ayuda, porque es sencillo, pero también es titanico, se le une la posibilidad de tener unos padres que no estén en casa, o que no pregunten a tiempo. El sencillo hecho de acercarse a quien toque; padres, tutores… Y pedir ayuda, explicar lo que pasa y esperar que alguien mueva lo que tenga que mover. Y el titanico, como despojarse del miedo, ese miedo que paraliza, que bloquea, que es capaz de hacer que las piernas no corran para huir de los agresores, que es capaz, en los peores casos, de socavar vidas, y convertirlas en auténticos infiernos hasta que alguien da el terrible y faltal paso.

Luego tenemos noticieros dando malas nuevas, y haciendo salir de sus clases a sus compañeras y compañeros ante las cámaras, alegando excusas tales como que ellos no sabían, no veían…

Silenciando un minuto el personal en el patio de entrada delante de las televisiones, y escuchando un comunicado de la dirección del colegio… Y mañana volvemos a la normalidad, a la rutina de presas y depredadores.

Hay trabajos de educación, y de integración, que funcionan. Hay otros trabajos, como el de la defensa personal o disciplinas marciales, que también funcionan. A veces funcionan dando la confianza necesaria a la presa, para que deje de serlo, para que deje de sentirse así, pero eso no le convierte en depredador, sino en una persona capaz de responder ante la injusticia, defendiéndose si es necesario, y tal vez defendiendo a los demás, siendo la persona que de ese abrazo, esa sonrisa. Tal vez, se convierta en ese punto de apoyo en el horizonte de aquellos que lo buscan, que lo necesitan. Y pueda serlo, sencillamente, porque tiene la confianza, porque no se deja pisar. Tal vez se convierta en ese héroe de la vida real que malcopian en los cómics, porque hay un superpoder que es innato en todos esos personajes de ficción, la justícia.

Es posible, que el agresor, también aprenda algo en clase de artes marciales, porque no sólo se aprende el arte de la lucha, también se aprende el arte de la no-lucha, la disciplina de las artes tradicionales, incluye normas de conducta y de control, la convivencia con artistas marciales apaga los egos de los principiantes, y siempre hay algo que escuchar y aprender de los maestros y de los compañeros y compañeras.

Ahí entra el trabajo de los tutores, ver que escuelas aportan ese beneficio a los jovenes, y acercarse a ellas. Cada vez hay más gente que se acerca a preguntar cuanto tiempo necesitan para aprender a defenderse… Tienen prisa, porque tenem el día a día de su escuela. O son víctimas, o las ven a diario y demasiado cerca. Nosotros debemos ayudar a la gente que está en esa situación y dar las herramientas necesarias para que se ayuden entre todos a salir y no volver a sentirse así. Es nuestra responsabilidad como guerreros modernos. Y nosotros no vamos a bajar la mirada ni a protestar en silencio… Vamos a actuar.

Hay tres tipos de personas en este mundo. Ovejas, lobos y perros pastores. Algunos prefieren creer que el mal no existe en el mundo. Y si él oscureciera sus casas, no sabrían cómo protegerse. Ellos son las ovejas. Luego están los depredadores. Usan la violencia para alimentarse del débil. Ellos son los lobos. Y están aquellos bendecidos con el don de la agresión y la imperiosa necesidad de proteger al rebaño. Esos hombres son una especie rara que vive para confrontar al lobo. Ellos son los perros pastores.

Película” El francotirador”, Clint Eastwood

Si tienes problemas de bullying, háblanos.

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